domingo 15 de noviembre de 2009

Diario

Diario*

tengo un diario

el país? el día? mejor que no sea la republica, le hace un mal tremendo a la izquierda

no tarado, un diario intimo

donde contás cosas chanchas?

me mira. no se si explicarle lo que me refiero con cosas chanchas.a lgo me dice que las conoce muchísimo mejor que yo. que joderse. ignora mi última linea y sigue

y pienso que puede hacer una buena novela

novela?

novela

no es mejor un cuento

mi diario tiene muchas páginas. sería un cuento muy largo

no se que decir

tenemos que conseguir quien lo edite

tenemos?

tenemos. vos sos algo de un editor, no?

no, yo soy amigo de un periodista de fútbol. y no muy amigo porque no me gusta el fútbol

ella mete la mano en la cartera y saca una vela.

es una vela aromática

como para convencerme la prende y, si, larga un cierto humo con olor. nos quedamos callados. ella va hasta la puerta del cuarto donde está la perilla y apaga la luz

en el camino la veo con una falda de tela mosquitero o algo que podría haber usado cindy lauper o alguien cualquiera en 1984. tiene una remera con las mangas agujereadas. las uñas pintadas de negro. el pelo cortísimo y de color azul metálico y unas ojeras negras pintadas con no se que pintura alrededor de los ojos que parecen cuencas y no creo que salga fácil

cuando vuelve, hay menos luz. veo los rebotes de la luz de la vela en la tela esa, y es como ver una libélula acercándose. es baja, pero muy delgada. pienso, si se tropieza, se fractura algo. y tendría que llevarla al médico, a una emergencia. eso sí daría para un cuento

ella se sienta en frente mío al otro lado de la vela

pienso

dirario íntimo como lo de anaís nin?

quien es anaís nin?

es parienta de nin novoa

ah. (silencio) no me jodas, me vas a ayudar o no

bueno, contame de que se trata

para que?

para poder... no se. me lo querés dejar para que lo lea?

no

por qué?

es un diario ínitmo

pero lo va a leer mucha gente. por qué no querés que lo lea

(silencio)

salgo yo?

salen todos

sale gente que conozco?

salen todos

sale gente que no conozco?

esta vez no me contesta

una gotita de cera escurre acelerando por el costado de la vela. el aroma es dulzón, algo empalagoso, con un matiz herbal.

lo voy a leer. es cuestión de tiempo

hacé lo que quieras, lo que yo quiero es que me ayudes a publicarlo

así, con esas manchas en los ojos a la luz de la vela (que huele a lo que podría ser azufre con azúcar) siento que es el diablo y está tratando de comprar mi alma. y yo no puedo comprender el precio que ofrece pagarme

ok, ok. te ayudo. que querés que haga?

no se, no se como se publica.

yo tampoco, digo y me doy vuelta. estiro la mano desde el almohadón donde estoy sentado en el suelo y agarro de un mueble cercano la botella de grapamiel y dos vasos. los vasos los agarro con una sola mano, metiendole un dedo a cada uno y apretándolos. enfrento la mesa y a patricia de nuevo y pongo un vaso de su lado y otro del mio. le sirvo y yo me sirvo

yo tampoco

querés hacer un tiraje chico y vender en la feria?

ella toma un trago, como pensando

no, no se. no creo que se venda así. esto es más un best seller. no te rías

tomo un trago

lo que pasa es que no tengo idea de como vender un libro. pensaste presentarlo a un concurso? algún concurso literario. se que a veces pagan la primer edición de los libros ganadores

es lo que me dijo mario

el del taller

si

de veras salgo yo?

si

y mario, sale?

no, del taller no puse nada.

capaz que te conviene poner algo.

algo como que?

no se, algo que hayas escrito en el taller. algo que tenga que ver con el taller. como hacía bolaño

quien?

bolaño, roberto bolaño

ah, el chavo

si, el chavo del ocho

no, no quiero que sea algo infantil

tomo otro trago

pero si voy a agregar algo quiero poner algo de jung

algo de jung?

si, algo de jung

que cosa querés poner de jung

tomo un trago

ella toma un trago, como pensando

no se, algo de jung. leí mucho de jung

y que decía?

cosas. no se. los arquetipos. la alquimia.

ah

como dan brown ese del código blanes

no el del código blanes es marciano

no seas boludo

en serio, marciano durán

parece nombre de boxeador, dice riéndo y yo también me río. debe ser porque ya me terminé el primer vaso de grapamiel

de veras salgo yo?

asiente con la cabeza y mantiene los labios apretados. se acerca el borde del vaso a los labios pero los labios no lo dejan entrar. lo vuelca y caen unas gotitas, pero siguen sin abrirse. el vaso desiste y va a posarse de nuevo en la mesa a seguir reflejando la vela que ya casi se consumió del todo

sirvo otro vaso a cada uno

me gusta el sonido que hace la tapita al enroscarse

y pensar que me habían dicho

nos reímos.

te da vergüenza lo que puissite de mi?

no, pero no te va a gustar. no quiero lastimarte, pero es como truman capote

ah

nos quedamos callados, mirándonos encima de la vela

que concursos hay?

no se, pero podemos ir a fijarnos en internet

a donde?

al ciber de acá a la vuelta. sabés que karina trabaja ahí. con patines. como la rollergirl, la de aquella película que vimos, boogie nights

karina también sale

en serio?

si, vos salís. karina sale. todos salen. como hacía capote.

mario te aconsejó eso

no. pero ahora se murió

si

no quiero ir a buscar en internet en el ciber de karina. no quiero que vayamos vos y yo al ciber de karina. va a pensar que estamos juntos o algo

me sirvo otro vaso. yo no puedo escribir una cosa autobiográfica, porque sería todo igual, sería siempre lo mismo, una serie de variaciones de la misma historia. tampoco puedo escribir nada de ficción tampoco, porque esas variaciones son como esa gente de la casa tomada de cortazar, que vienen como oleadas y se acercan y cada vez se escuchan más fuertes. solamente puedo escribir esas cosas, siempre las mismas. por eso yo no puedo ser escritor. no se si ella puede. como le va a poner al libro? diario de una looser bien fea? diario de una freak bien fea? diario de una freak sin tetas y bien aburrida? que sos?

recoge el vaso con ansiedad y se lo lleva a la boca. en ese momento la vela, que terminó de consumir la cera, se apaga.

en la oscuridad ella dice 'mirá, un sincronismo'



* Gracias a Nick Carter y a su novia Romina por dejarme publicar esa foto suya.

Le ponemos el pecho a las balas

sábado 7 de noviembre de 2009

Tomando partido en la campaña

jueves 29 de octubre de 2009

Telepatía


Sus labios me hablaban con la soltura de un político, y no me refiero a uno uruguayo, más afectos a inventar verbos y salirse de tono, sino a los senadores de la antigua Roma, aunque en este caso era una mujer quien portaba los labios, una bellísima, y, a diferencia de aquél Cicerón que gustaba de provocar al pobre César, esta joven prefería evadirse con la inextricable pantalla de un iPhone.

La vista de la joven, o cualquiera haya sido el sentido agazapado detrás de unas enormes gafas oscuras, no me prestaba la menor atención, era como si yo fuera una voluta de humo dispersa por el viento y vuelta incolora e insípida, o quizás el afiche de una película mala y mil veces vista. Sin embargo sus labios sí me miraban, y de eso estaba completamente seguro, y hasta eran capaces de olisquear la transpiración de mi remera, siempre sin vocalizar palabra alguna, pues su forma de comunicarse era mucho más evolucionada que la nuestra, al menos que la mía, manejaban a su antojo la telepatía.

Los conceptos, la gran mayoría de naturaleza obscena, eran implantados en mi cabeza a medias con frases, imágenes y hasta con gráficos en tres dimensiones. Luego vinieron las propuestas de juegos, a cada cual más sádico, en uno incluso se me mostraba desnuda mientras yo debía permanecer inmóvil comiendo un helado de frambuesa y vainilla.

Le intenté responder, vaya si lo intenté, también a fuerza de telepatía, sin decir palabra, pero nunca llegué a saber si mis mensajes de angustia le llegaban o solo se me quedaban atascados en el pecho en forma de frío vacío.

Procuré tomarle las manos, señalarle de alguna forma más explícita que estaba ahí parado y sería su enamorado hasta el fin de los días, pero me sentía cohibido, observado es la palabra, pues la joven tenía en sus flancos a dos mujeres arrugadas de peinados altos. Las tres compartían mesa, con la muchacha de las gafas oscuras y labios telépatas en el medio y yo de pie al otro lado.

Los labios comenzaron a fumar un cigarrillo largo, a pesar de que la ley expresamente lo prohíbe, al tiempo que el policía que estaba para garantizar el orden se la agarraba conmigo y me señalaba que debía abrocharme hasta el último botón de la camisa.

Como buen ciudadano yo permanecía muy quieto de pie, temeroso del ridículo, con el sobre en la mano y a la espera de indicaciones. Finalmente la joven se deshizo de su iPhone dentro de un bolso negro y enorme y me dirigió la palabra.

- ¿Qué carajo espera? Vote de una vez.

Su voz sonaba ligeramente irritada. De inmediato dejé mi sobre en la urna, a su suerte, y me encaminé a la salida, todo aquello sin que la joven dejara de amenazarme con la brasa del cigarrillo. Mientras me alejaba sus labios seguían insistiendo con trucos telepáticos, incluso me pasaron un número de teléfono. Por fortuna logré anotarlo antes de salir del edificio.

sábado 17 de octubre de 2009

El abrigo


Era una mañana fría en Montevideo. Una mañana de sábado. Los mendigos amanecieron apretujados contra los edificios, unos bultos grises haciendo de falsos soportes de las paredes, demasiado tiesos por el frío como para pedir limosna. Me subí el cuello del abrigo y hundí las manos en los bolsillos.

Muy arriba en el cielo esperaba agazapada una llovizna.

Me congratulé por la suerte de toparme con aquél abrigo, y lo había hecho apenas minutos atrás, dentro del ropero de una mujer casada.

Una visita imprevista de la hermana y a los empujones me llevó a esconderme en el ropero, sitio donde casualmente también se escondía el abrigo. La puerta no cerró del todo gracias a una percha mal puesta, y contaba entonces con una discreta rendija que me proveía de aire, algo de visión y de la interminable perorata de las hermanas. Las escuché preguntarse por los trabajos de sus respectivos maridos, a la dueña de casa preocuparse por los hijos de a la otra, quien a su vez comenzó a indagar sobre la seguridad del edificio y si tenía vecinos buen mozos a quienes recurrir cuando su marido estaba de viaje.

Al rato pasaron frente al ropero y la mujer con quien compartí enredo de sábanas me deletreó con los labios la palabra “AHORA”. Yo tenía el sobretodo en la pieza a donde se dirigían así que tomé el abrigo del ropero y salí del edificio.

En ese momento creí que se trataba tan solo de un abrigo más, uno confortable, eso sí, de muchos bolsillos y de un oportuno verde opaco para no llamar la atención a los ladrones. Desconocía a su anterior dueño. Un muchacho enamoradizo crónico, según me enteré luego, que tuvo por último amor a la mujer del edificio. Había visto en ella a la mujer más hermosa, pues tenía la manía de ver cada mujer más hermosa que la anterior.

Una noche de hacía tres días, en plena odisea de sexo y alcohol, llegó el marido de la mujer, un boxeador peso completo famoso por su gesto adusto. El muchacho estaba bebiendo un whisky con hielo de la entrepierna de la mujer cuando escuchó las pisadas, a cada cual más estruendosa, y la voz del hombre balbuceando algo acerca de un knockout prematuro.

La mujer le sugirió meterse debajo de la cama, sin embargo el pavor ya le recorría las venas y lo hacía empecinarse en huir. No quería escuchar razones. Se levantó de un salto, tomó un instante para mirarse los bíceps y terminar de convencerse que no tendría posibilidades contra el boxeador. Estimó posibles salidas mirando a los lados y finalmente tomó la opción de la ventana.

Con los nervios se le pasó por alto que estaba en un noveno piso.

El cuerpo quedó casi enterrado en la calle por esa vil fuerza de gravedad y enseguida por un ómnibus 151 que corría con retraso.

No tenía familia y no apareció quien se preocupase del asunto. El abrigo quedó olvidado en el ropero, sin que nadie lo recordase. Al igual que nadie, absolutamente nadie reparó en ese espíritu cabizbajo que salió del cuerpo del muchacho, ya inservible, y volvió a meterse en el edificio, subió el ascensor junto a una señora que volvía de pasear al perro, se escabulló nuevamente en el apartamento y de ahí a la seguridad de su abrigo.

El cansancio por tanto sobresalto lo había tenido durmiendo hasta el momento en que me metí en el ropero. Al ponerme el abrigo debería estarse desperezando. Estiró los brazos y yo estiré los míos.

Al salir del edificio caminé por avenida Libertador y pronto tomé una calle más estrecha que se abría a la izquierda y emprendí hacia 18 de Julio. Cubrían los flancos puros edificios viejos que no veían pintura fresca desde hacía buen tiempo.

Dos muchachitas medio borrachas orinaban contra las tablas que cubrían un terreno baldío. Con sorpresa me descubrí mirando hacia allí, y noté como el abrigo me había hecho enfocar en la más joven, una gordita de ropa interior amarilla que tenía complicaciones en calzarse el jean.

- No le da vergüenza. – dijo una señora que pasaba.

Apuré el paso y me alejé de allí. En los bolsillos encontré algunas hojillas y tabaco suelto, esperando en un semáforo armé un cigarro. Enseguida busqué fósforos, sin fortuna. Apenas di con unas gafas de sol y un libro de Jorge Amado. Como marcador tenía una foto donde aparecía el dueño del abrigo, era un muchacho de unos veinte y tantos, tenía los lentes de sol puestos, unas patillas gruesas y abundantes rulos.

Necesitaba hacerme de fósforos o algún encendedor. Crucé la calle hasta la tienda de una estación de servicio. Estuve a punto de entrar cuando reconocí a una mujer a través de la vidriera.

- ¿Cómo se llama? – preguntó una voz desde algún pliegue del abrigo.

- Sofía. – respondí casi por instinto.

Sofía llevaba un sacón largo de paño, tomó de la heladera una Coca Cola Light y se dirigió hacia la caja. Tenía los labios más largos que los que recordaba, por lo demás seguía igual, incluso en las cosas que pensé luciría diferente, mantenía el cerquillo y el pelo rubio melena, a pesar que en una ocasión me dijo que se lo había cambiado, fue por correo electrónico, cuando yo le pregunté como estaba y ella solo me dijo eso, y que venía de ver una película rusa.

Al reconocerla el miedo más puro y frío me cubrió de pies a cabeza, me sucede a menudo en situaciones semejantes, y la primera reacción fue escapar cuanto antes de allí.

- Es la mujer más hermosa que haya visto nunca. – dijo el abrigo.

Tampoco le hice caso a esta voz, quizás por hablar muy bajo, casi suspirando, quizás porque perdía credibilidad al salir de un bolsillo.

Sin embargo, extrañamente, de inmediato acepté la sugerencia cuando volvió a hablar:

- Entremos de una vez.

Mientras abría la puerta y caminaba hacia ella traté de explicarme, explicarle al abrigo, que no era conveniente, con criterio mencioné que se hace especialmente complejo acercarte a una mujer cuando vienes de la cama de otra. Uno teme aún estar cargado con su presencia, el roce de su cuerpo, sus besos. Son momentos en los que te sientes totalmente traslúcido.

Ninguna de estas razones le fue suficiente.

Creo que había pasado un año desde la última vez que estuve con Sofía, sí, un año, pues aquella última noche era muy fría, sin dudas debía ser en invierno. Ella conducía y nos detuvimos en la puerta de mi casa. Le di un beso en la mejilla, siempre con la tentación de su aroma y abrí la portezuela. Pude haberle dicho ‘Adiós’, ‘Cuídate’, o alguna otra frase de protocolo, y ella dijo, entrecortada, ‘Prefiero que no nos veamos tan seguido’, yo me voltee, los ojos le brillaban y, más dubitativa que nunca agregó, ‘Me gustas mucho y no, no puedo verte tan seguido’. ‘Tu a mi me vuelves loco’, repliqué, y salté a sus labios, como esos locos que saltan de puentes o brincan desde picos en la cima del mundo. Fueron solo unos minutos, entre veinte y trescientos, no me dejó quitarle la ropa, solo abrazarla y la abracé muy fuerte, descubrí sus orejas, sus manos, sus ojos… descubrí con el tacto donde terminaban sus botas, la firmeza de sus piernas, la impaciencia en sus brazos. Le juré que no me importaba nada, solo quería estar con ella, haría lo que fuera, toleraría lo que fuera. Y esa fue la última noche que la vi.

Al día siguiente no respondí sus llamadas ni sus múltiples mensajes al celular, y le terminé enviando una carta tan fría como un pedazo de hielo diciéndole que lo nuestro fue un apresuramiento, que no podía ser, que de ninguna forma podía funcionar.

Ahora, un año después, ella estaba allí, a pocos metros, eligiendo el mismo refresco que tomaba entonces, juraría que hasta tenía puestas las mismas botas.

Procuré cubrirme como mejor pude, me calcé las gafas de sol y me tapé el rostro simulando leer el libro que encontré en el abrigo. Y esto último fue un error, un grave error, pues a ella le encantaban los libros de Amado. Abrir aquél libro fue como encender un faro.

Sofía terminaba de pagar en la caja y caminaba hacia mí. Moviendo su cerquillo y con el sacón de paño flotando a los lados.

- “De cómo los turcos descubrieron América” – dijo leyendo la cubierta del libro.

Ya sintiéndome totalmente descubierto me saqué las gafas y dije un casi imperceptible ‘Hola’.

Pensé que me escupiría todo tipo de palabras hirientes, muchas de las cuales seguro justas, pero muy por el contrario Sofía sonrió.

- ¿También te gusta Jorge Amado? – creí escucharme decir.

Esta vez las palabras no venían del abrigo, sino que salieron del chasquido de mi propia lengua. Pero aquella no se parecía en nada a mi voz.

Me sentía cada vez más en el fondo, perdido entre las telas del abrigo. Escuché como hablaban mientras salían de la tienda, enseguida fueron a un café y siguieron hablando, de literatura, de películas de Sukurov. Él pidió un cortado y ella un café con crema y mucha azúcar, él le dijo que era bonita y al poco rato se estaban besando.

Mientras tanto yo, muy metido dentro del abrigo, husmeaba la escena asomándome por entre los botones. Sofía sonreía con sus ojitos negros y labios finos, mientras el hombre lucía muy seductor con el abrigo verde, las patillas tupidas y unos rulos que me resultaron bastante más oscuros que en la foto.

sábado 3 de octubre de 2009

fotos de cuchingos































































y el domador de cuchingos



lunes 21 de septiembre de 2009

Cherchez la femme

lunes 7 de septiembre de 2009

nada de caminos empedrados (por Yoko)

lo que le gusta a las personas .... es algo tan intimo como el alma ... no en vano hay una metáfora que usan algunos psicólogos bastante conocida .... donde se compara a la mente o la razón con las riendas o recado .... a los deseos con los caballos .... y al cuerpo con la carroza..donde los caballos impulsan la accion de la carroza dirigidos por las riendas ...

Resulta significativo pensar que de todas esas cosas realmente ajenas a la humanidad y a nuestro control (porque vamos, riendas y carroza tuvimos que construirlos) los caballos son independientes ... seres únicos, hermosos y a parte nuestro, que por si mismos tienen vida ... tanto que uno podría montarlos desnudo, a pelo darle dos talonazos, asirse fuerte de sus crines largas y dejarlos correr solitarios por la costa de alguna playa ... con los ojos llorosos por el viento frío .... el corazón desbocado por la emoción ..... y la serpiente sinuosa del escalofrío enredada en la espalda .....

Probablemente no sea una sana manera de vivir, y lo mas correcto sea domar caballos, ponerles un buen recado y una carroza cómoda, pero pensalo bien ..... laburas de sol a sol para comprar un almohadon mas como y vas uno tras otro charlando con la carroza de al lado por un camino empedrado y trazado por otros ....

si de todos modos no hay camino y el destino ultimo es la muerte justa que nos hace a todos iguales ..... como preferís llegar?

Yo lo he pensado varias veces .... y vamos quiero llegar con el corazón desbocado y la vida metida por todos los poros .... con los ojos repletos de mar, los oídos de pájaros, la boca de flores, y mi cuerpo entero repleto de rocío ..... habiendo pasado por bosques y sorteado rios .... nada de caminos empedrados ....

Pero ese caballo aun no lo he podido montar

:)


Yoko

domingo 30 de agosto de 2009

El Corto, cherchez la femme

Le abren la puerta. Hay tres hombres. El que le abre la saluda con un beso. Pasá por acá. Así que sos profesora de gimnasia? Si. Y bailarina. No, bailarina no. Pero me gusta bailar. Claro.

Los otros dos están atras de un escritorio con varias computadoras y racks con pedazos de computadoras al aire.

El que le abrió le presenta a lo otros. Mark. Taylor. Inclinan la cabeza como saludo y vuelven a mirar las pantallas. Entre ellos hablan alemán. Son muy rubios, Mark de ojos negros y Taylor de ojos transparentes salvo la pupila.

Ella se cruza de brazos.

Perdoná que no te ofrezca una silla, pero tiene que ser parada. Bueno.

Mete las manos abajo del buzo y se lo saca por la cebeza. Lo da vuelta. DOnde lo pongo? Damelo, y Ratón lo agarra y lo cuelga en un perchero.

Tenías que haber traído un biombo dice Taylor con acento alemna. Ratón se encoge de hopbros. Ella se saca la camiseta. Despues los vaqueros. Se desabrocha el boton de la cintura, y se abre la bragueta. Se los baja hasta las rodillas yd espués saca una pierna y la otra. Toca el piso con la mano. EL piso está frío. Los cahmpiones y las medias te los podés dejar.

Se desprende el sutien. Se lo da a Ratón que vuelve de colgar el vaquero. Se saca la bombacha, primero hasta las rodillas, luego una pierna por vez. Se los da a Ratón. Taylor acerca un atril: Al lado pone un trípode y una cámara pequeña y le dice algo a Mark en alemnan. Mark le contesta y Taylor endereza el ángulod e la cámara. Mira a Mark. Mark asiente.

Taylor vuelve a la mesa y sca una cartuchera de atrás de las computadoras. Me vas a pintar. Taylor le sonría. La cartuchera se abre a la mitad y deja expuestos lápices, pinceles, marcadores de distintos colores y grosores. Empieza trazando líneas geodésicas sobre su cara. Después el cuello y el pecho, alrededor de uno de los senos (el izquierdo, solamente el izquierdo). DIbuja círculos concéntricos hasta el pezón. Sigue con el torso y la pierna, solo el lado izquierdo. Mientras lo hace de vez en cuando se aparta del camino de la cámara y mira a Mark, que asiente con la cabeza y vuelve a mirar algo en sus monitores.

Mark le dice algo a Taylor, que le pone el capuchón al marcador y lo guarda. Parata con las piernas separadas. No tanto. Despegá los brazos del cuerpo. Pegalos al cuerpo. Ahora sepraá el brazo izquierdo. Mira a Mark. Mark asiente. Dejalo orizontal, por favor. Mark usa un lápiz en una pizarra, pero el lapiz tiene un cable y en la pizarra no queda escrito nada. Igual hace trazos y trazos.

Mark levanta la vista y dice: ahora te pediremos que hagas unos cuantos movimientos, está bien?

Ahora te pediremos que hagas unos cuantos movimientos, está bien?

Ella asiente con la cabeza. Puedo bajar el brazo. Si.

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Terminamos? Si. Ella se acerca al mueble brillante y saca la ropa. Se pone la bombacha priemro. El sutien. La remera. El pantalón, el buzo. Taylor le da algo a Ratón, que está atrás del escritorio y se queda mirando algo que le muestra Mark. Se ponen a hablar en aleman. X da la vuelta al escritorio donde está ella y dle da los billetes doblados. Ella se los guarda en el bolsillo de atrás del vaquero mirando para otro lado.

Ella se va hasta la puerta. Esperá. Que. Tengo otro trabajo. No soy profesora de gimnasia. Ya se, es otro trabajo. Saca una tarjeta de la bileltera, atrás le ecribe el número. Este es imi celular, y en la tarjeta está mi mail. Llamá si te interesa.

Ella agarra la tarjeta sin mirarla y la guarda. Mark y Taylor siguen hablando en alemán y tecleando. Ratón le abre la puerta. Ella sale por el corredor y baja por las escaleras. El ruido de los pasos se hace cada vez más tenue hasta que no se oye más.

Que haces ahí? Entra y cierra la puerta , le dice Mark con acento alemán.

viernes 21 de agosto de 2009

Ed Wood Mobile (un adelanto)

video